Puede que en algún punto de tu vida personal o carrera profesional se te hayan venido a la mente frases como: «las obras de los demás autores son mejores que las mías», «no merezco que me lea nadie» o «no debería seguir escribiendo este libro, no es suficientemente bueno».

Es natural que tendamos a querer mejorar cada día y nos caracterice esa ansia de perfección en todo lo que nos apasiona. Aunque también es cierto que esa búsqueda de excelencia absoluta en nuestras obras hace que nos impongamos unas expectativas irreales y que solo van a hacer que nunca nos sentamos valorados por nosotros mismos.

Al igual que existe el síndrome del impostor, también existe su variante «literaria». Este supone que, debido a una alta demanda de perfección, el autor llega a creer que no se merece el éxito que ha conseguido por méritos propios. Es ahí cuando llegan preguntas como: ¿habrá sido cuestión de suerte? o ¿realmente lo que escribo tiene valor para alguien?

Esto puede deberse a varios motivos que han podido condicionarte a lo largo de tu vida, como por ejemplo la infancia, cómo has reaccionado ante el éxito hasta ahora o simplemente una autoestima baja e inseguridades. Sin embargo, vamos a abordar este tema no tanto desde un plano puramente psicológico, sino desde una perspectiva más resolutiva.

Dicho todo esto, y ya sabiendo que es algo que nos puede pasar a todo el mundo, ¿cómo podemos combatirlo?

Un tema que suele inquietar a muchos autores es la repercusión de sus obras. Lo mejor respecto a esto es ser consciente de que cada lector individual cuenta, es decir, escribir merece completamente la pena en cuanto hay una sola persona que lee tu libro. Un mayor número de ventas no implica que la historia sea mejor, depende también de otros muchos factores que no atienden a la calidad.

El hecho de compararse de forma sana puede ser incluso fructífero, siempre y cuando no se convierta en obsesión. No pasa nada por querer llegar a una meta como autor y basarnos en cierta parte en los demás, pero no hay que olvidar que cada obra merece la pena y toda historia es válida y suficiente por el mero hecho de existir.

Hay algo que sirve para poner una barrera entre lo que es bueno para nosotros y lo que no: pensar en qué quiere decir que una persona sea escritora. Da igual haber escrito un libro o diez, publicar en digital o en papel, e incluso no publicar un manuscrito terminado y solo compartirlo con seres queridos.

Un consejo que tener en cuenta es el de tomar un poco de distancia con tu obra, pero no dejarla completamente paralizada. Darte tiempo es un factor fundamental para ver lo que has escrito con perspectiva y sin guiarte por los impulsos y pensamientos consecuentes a un momento de debilidad.

Obviamente no toda inquietud conlleva una preocupación y una puesta del problema en el punto de mira, es más, alguna que otra vez el monstruo de la falta de inspiración llega a nuestra cabeza para acampar ahí una temporada, y esto también es una parte inherente al proceso. No hay que confundir un problema más arraigado a cuestionarse la valía como escritor con tener un parón puntual en el proceso creativo.

Al final lo más importante es dar a nuestras obras el valor que merecen y celebrar que todos esos párrafos han formado un relato con el que tenemos que estar más que conformes.

¿Alguna vez has sentido algo parecido? Compártenos tu experiencia en los comentarios.